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"Thinking about your body (prótesis)" de Marina Rodríguez Vargas. La Nave Spacial PDF Imprimir E-Mail
Escrito por La Nave Spacial   
viernes, 28 de mayo de 2010
La nave spacial presenta la exposición de "Thinking about your body (prótesis)" de Marina Rodríguez Vargas comisariada por Omar Pascual-Castillo.
THINKING ABOUT YOUR BODY
[unas notas acerca de la obra video-gráfica de Marina R.V.]

a Ana Mendieta,
maestra donde las haya
por el dolor de su perdida
por el amor que repartió en su vida

Marina Rodríguez Vargas
Marina Rodríguez Vargas

Ese maestro del Vocal-Jazz que es Bobby McFerrin, en el año 1986, seis años después del nacimiento de la artista granadina Marina Rodríguez Vargas, y un año más tarde de la fatal muerte de Ana Mendieta [disculpen esta desviación adjetival o es que acaso ¿alguna muerte no es fatal?], publicó con su nuevo sello discográfico, gracias al cual hoy tenemos más de la mitad de la buena música jazzística de origen trasatlántico, la BLUE NOTE; uno de los álbumes de Jazz más sorprendentes de la Historia de la Música, hablo de Spontaneous Inventions. En dicha fabulosa producción discográfica, el primer tema que nos introducía en lo que nos iba a venir encima de virtuosismo y derroche de talento, McFerrin interpreta una de sus composiciones más sorprendentes: Thinking About Your Body. En una reciente conversación con mi esposa, Encarni Torres, que es locutora de radio, voraz depredadora de información musical, y melómana exquisita; llegamos a la conclusión que lo en aquel entonces estaba tan en boga dentro del Arte Contemporáneo Occidental con el desarrollo de las micropolíticas del cuerpo [léase: el conocido Body Art], tenía poco que decir, tras McFerrin hacer un despliegue de tanto esplendor en una interpretación tan brillante. Como si el maestro Bobby se declinase por marcar la diferencia. Por decir: hasta aquí hemos llegado, si alguien quiere hacer Body Art, debe superar este control, este poderoso sentido de lo rítmico, esta caja hueca de resonancia que por cuerpo tengo como bocina vociferadora de mi coraje vanguardístico.

En cambio, confiados en que los caminos de las Artes Visuales, y los de la Genialidad Musical no siempre van de la mano, ni siquiera por sendas paralelas; el tema de la utilización simbólica del cuerpo como plataforma de resignificación conceptual de lo que vivimos, y/o como maquinaria designadora de nuevas estrategias metafóricas que develan nuestras realidades mentales,  -empecidamente- prosiguió su paso, más allá de la magistral lección de McFerrin.

Gracias a esa cabezonería conceptual del uso de lo que somos como contenido-contenedor accional, artistas como Ana Mendieta, Marina Abramovic, o Zhang Huan por sólo citar tres ejemplos, hicieron del cuerpo un referente innegable de cómo dialogar sobre nuestras realidades más táctiles, aquellas más cercanas; en una dirección de investigación ideo-estética que abordaba el cuerpo tal como lo hicieron reconstruidamente la obra de Bruce Nauman, Vito Acconci, Keith Arntt, Günter Brus, Rebeca Horn o el propio Joseph Beuys. Fundamentalmente, porque muchas de las reverberaciones esteticistas que desde el cuerpo se articularon -desde ese entonces- se han manifestado como vías documentales de la acción del Body Art, el happening y la performance.

Justo por esta nimiedad de la cercanía, esa ritualidad narcisista que se re-dibuja en tanto es uno mismo frente al espejo de la representación, el uso del cuerpo como instrumento y/o herramienta de teatralización lingüística de sus inquietudes artísticas ha sido para los artistas jóvenes un facilismo que coloca al referente corporal como un uso pertinente y eficaz para llevar a cabo gran parte de sus ejercicios mentales. El encontrarse a estas alturas del siglo XXI, a una joven creadora visual que replantea de una forma concienzuda sus usos del cuerpo de un modo eficaz, y este modélico modo nos siga entusiasmando desde la incertidumbre y la pregunta, es ciertamente de agradecer.

Llegados este punto, vayamos un poco al meollo del asunto la obra video-gráfica  de la artista granadina Marina R.V., enfoca gran parte de su actuación o despliegue instrumental desde la lógica documentalista de la acción performática; pero igualmente, gran parte de ella, está concebida como proceso de documentación-dialogística que sobre el documento mismo habla. Es decir, mucha de su obra, no está realmente pensada como performance, sino está pensada como mini-actuación [léase: performance] que ante la cámara se ejecuta. Desde esta lógica, sus actuaciones filmadas, por decirlo de una manera diáfana, se convierten en sugerentes referencias simbólicas sobre el devenir de su temprana juventud que sobre su entorno establece un estudio de significación metafórica. O sea: se hace especulación antropológica de carácter teatral. En esta ocasión: documentado.

Una vez más el dilema del documento performático es puesto en tela del juicio, mediante la colocación del documento como matriz real de lo que ha de suceder; es decir, lo que va a pasar en la performance sólo sucederá en tanto será documentado. Marina, juega con ese status omnipresente del documento, para hacer valer sus acciones desde la teatralidad de lo que será documentado. Pues ella piensa sus obras video-gráfica, en tanto serán escenificadas para la lente.

En esta dirección ya debemos ir adentrándonos en algunos estudios de casos:

Obras suyas como Lógica del Avestruz, de los años 2002-2006, constituida por dos video-proyecciones paralelas, simétricas, sincronizadas en tempo real, y un conjunto de fotografías digitales sobre loneta de poliéster [efectivo recurso pictorialista de las nuevas tecnologías gráficas]; dan fe de esa reverberación concienzuda sobre el documento.

Si uno como crítico y/o curator de arte contemporáneo va comentando por ahí que ha visto, ha sido testigo ocular, ha observado una performance donde una joven artista, blanca, desnuda totalmente tal y como vino a este mundo de nuestro días -porque hasta hoy los niños y niñas no nacen vestidos, por mucho que así lo quisieran ciertas religiones totalitarias y totalitaristas-, mete la cabeza en la tierra como un avestruz, para ello se auxilia de un tubo que le sirve como snorquer improvisado o aparato respiratorio, y que así estuvo cerca de veinticinco minutos en dicha posición, completamente desnuda, en un paisaje rural abandonado, solitario, cercano a la costa mediterránea; alguien puede tacharnos de loco, estúpido y/o lelo. En cambio, si de antemano presentamos la evidencia, sus documentos gráficos la performance, toma otra dimensión. Ya que fue ejecutada no como una violentación del orden natural de la lógica del paisaje y de la relación humano-animal-medio ecológico (una posible y noble o ingenua lectura primaria), sino: más bien, como una indignación autoral ante la Lógica del Avestruz [a la que yo le llamo: la del mirar pal´otro lao] del individuo civil contemporáneo ante la situación diaria de la Mujer. Lo demás que de ella se pueda decir, es pura especulación, vectores derivativos, derivas en sí de lo que en verdad significa.

Una obra que la artista tardó cuatro años en concluir [a lo Joseph Beuys,  no sé si recuerdan esas obras del Maestro que estaban fechadas en dos años y él atribuía ese dato al hecho de que firmaba la obra desde que se le ocurría la Idea hasta que la realizaba finalmente], porque estuvo cuatro años investigando en su ejecución, posibles soluciones formales, riegos de la actuación, necesidades de su documentación en óptimas condiciones, estado climático ideal, búsqueda de locaciones escenográficas, sistemas de impresión más apropiados, variaciones del montaje expositivo; rasgo que denota de Marina, un sesgo acertado de madurez y autocrítica radical, escasa y endémica en los tiempos de la velocidad resolutiva, y el facilismo recolector de iconografías.

Una pieza que de alguna forma, concluye investigaciones anteriores que Marina iba realizando en torno a la idea de la performance; pues en ella reúne solidez escenográfica, efectiva actuación ante cámara, y dispositivos conceptuales polisémicos de altos vuelos. Por no decir, denotada belleza envolvente y/o atmosférica del resultado final. Con lo cual, conecta -así de antemano- con una de sus artistas fetiche: Ana Mendieta, desde una primera vista, ciertamente una referencia obvia, pero excavemos un poco más en la superficialidad de las influencias; anotamos este antecedente, porque Marina se apropia  -como Ana- de un paisaje establecido naturalmente, léase: un paisaje natural, para intervenir en él con la participación de su cuerpo como una simulación escultórica. Simulación, la cual, tras las enseñanzas de Ana, es filmada y  fotografiada en su mayor complejidad, para darnos una visión de conjunto aunadora, totalizadora, globalizante, rotunda.

Hacia otro rumbo, oscilan piezas como Inmersión del año 2002, o Segunda visión del año 2004. En la primera de estas citadas, la artista establece un vínculo de referencias metafóricas del viaje interior a partir de cuatro referentes claves: la boca abierta, la mirada desafiante a cámara, los pies vaciados en resina que conllevan al camino y el sonido que hila el andar. Una inmersión hacia el interior de uno mismo, es lo que presupone el camino que ahora debe andarse en este puente expositivo. Y digo puente expositivo, porque la artista combina a la perfección la oblicuidad del puente con la colocación instalativa de la pieza donde el referente fotográfico y el sonido están debajo de los pies que han de andar, como proponiendo pisotear el referente en sí, su propio autorretrato, es decir: el documento, para ir más allá, hacia lo que él representa. Es como un hundimiento, una inmersión, en la mirada cómplice de un nuevo narcisismo feminista, que se fundamenta en el nihilismo, en la desvergüenza y en la falta de pudor, en la valentía del desnunamiento absoluto. Psicoanálisis Puro, digo yo. Como si superara en esta obra su etapa Jungeana , para pasar a un deconstruccionismo más Lacaneano, en plan Derrida El Derivador.

Segunda visión, es otra historia menos dramática; es una pieza que se conforma así misma simplemente como un bucle, sí como una referencia estructural de un video en carrusel. Una obra que desvela la capacidad de Marina para vacilar sobre el peso del pensamiento contemporáneo, habla de su poder de persuasión simbólica, en el empleo de una mínima expresión de recursos narrativos, relata un eterno retorno. Esta vez, burlón, desenfadado, desenajenante, un retorno que desacraliza la solemnidad del Arte como elemento sacralizador, y sencilla y llanamente hace un chiste. Eso sí, una broma de cierto sarcasmo desdeñoso, que desde sí nos comenta la facilidad que tiene el Arte para hacernos creer un engaño. Una trompe´Oil. Y para colmo de bienes, lo haces desde la lucidez conciente del despliegue narrativo del medio video-gráfico, en el cual, el lenguaje temporal es el que narra como tal, aún así cuando este lenguaje este sujeto a su redundancia, o a su repetición constante, a su propio bucle infinito. Un bucle que se va borrando a sí mismo, como la vida se borra en cada despertar, en cada abrir y cerrar de ojos.

Conciencia del Espacio (Rincón de Castigo) , del año 2002, es una obra donde Marina, por el contrario de Segunda visión, regresa a la profundidad de sus escenificaciones habituales. Siendo posiblemente su obra más análoga, su obra más prosaica y directa, Rincón de Castigo como la conocemos todos aquellos que hemos tenido el gusto de disfrutarla, es una obra donde la artista disgrega toda duda sobre su firmeza corporal para replantear un concepto relacionado con la realidad que desde la sin-metáfora nos oprime. Si bien, en la Lógica del Avestruz, la creadora personifica la astucia de ser auto-enterrada viva, cárcel voraz de sus miedos, de su inteligencia y de su sexualidad; en Rincón de Castigo, Marina establece un régimen de tortura de perpetua ritualidad, redefiniendo el espacio en función del sonido, el ritmo, el movimiento pendular de su cabeza, su torso -esta vez vestido de forma anodina-, de blanco inmaculado, tal cual son vestidos los enfermos mentales, las víctimas de la psiquiatría y la encarcelación del Hospital Mental [Foucault in my mind]. Tal como diría Ignacio Castro es como si Marina estuviese saliendo de nuestro confort para someter el propio cuerpo a la prueba del suplicio;  como si el valor de su obra residiese en ir llevando al límite la existencia, en función de lo que es capaz de sobrevivir a su cansancio, a su tenacidad, o a su resistencia del dolor.

Una obra que -de algún modo- se cruza con otra de una singular rareza, hablo de Incubo, del año 2003. Una video-instalación, donde la artista reproduce tautológicamente la escenificación del espacio que es filmado en la obra video-gráfica, como recalcando la insistencia de su punzopenetrante teatralidad, como incidiendo en la melodramática puesta en escena de una adolescente-niña, disfrazada de maneras de un tiempo pasado que se alimenta de la bombilla de una roja luz, una bombilla caramelo, una luz acaramelada, un rojo cadmio seductor, arrojadizo, candente, que hechiza, provoca el sueño, la utopía. ¿Estamos ante una metáfora, en este caso, o es otra puesta en escena de un juego mismo que por su ubicuidad se desliza hacia el sobrecogimiento del absurdo? Nunca lo sabremos. Mejor. A veces es preferible no saber la verdad, y escoger la duda, la inquietante duda que sobre nosotros pende como una bombilla roja, comestible, domestica y domesticada.

Conectada mucho más con la jocosidad de Piernas, una obra del año 2002, donde en medio de unas largas piernas de cinco metros realizadas en tela rellena de algodón y guata, percibimos una video-creación donde se monitorea una alocada mujer que sonríe descaradamente a cámara, soberbia e histriónica, desde la estrafalaria ridiculez del arrebato; Me gusta viajar sola, del año 2003, es una obra donde Marina recurre nuevamente al artefacto escultórico para suplir la presencia corporal. Como curiosidad habría que decir, que este artefacto, como los pies de Inmersión o las manos de Sacrificio , están salidos de vaciados de moldes del cuerpo de la artista. Dejando así entrever otra de sus preocupaciones conceptuales más perennes, la presencia de la huella de uno mismo, como legado que quedará como herencia de lo que somos.

En: Me gusta viajar sola, Marina R.V.,  se desprende del rigor de sus obras más rimbombantes, sus obras más planificadas, o sus obras más teatrales, para reorganizar la misma en función del accidente, casi tal cual un accidente de tráfico hablásemos, en función de lo que le depara la acción; pues la obra se desarrolla como seguimiento fílmico de una carrera de objetos mutantes, un molde en silicona de un cuerpo femenino montado junto a un coche de juguete infantil teledirigido, y un coche donde la artista se halla. Con lo que la pieza se despliega mucho más como el desarrollo de un happening que como el documento de una performance. Y aquí caeremos en un segundo de didactismo locuaz. Obviamente porque la acción, o el happenig, confían en la belleza actoral del accidente, y la perfomance en la milimétrica secuencialidad de sus gestos, aún cuando éstos sean accidentados, éstos están previstos dentro de toda la amalgama de posibilidades lectivas de la misma. Por ello,  Me gusta viajar sola, siendo el documento de una acción, goza de esa frescura, de ese desasosiego, de ese buen sentido del humor, de esa enseñanza autocrítica del buen amor a la soledad y del amor a uno mismo, aún cuando estemos destrozados por los desechos y hechos del camino.

Un camino, que igual como todos los caminos, siempre llegan al agua.

Y ahí es cuando entra en foco: Melusina , su homenaje al Mar, del año 2003; una obra que lo mismo funciona como serie, que como video-instalación fotográfica. Ya que esta compuesta por una video-proyección en monocanal en loop, de 7 minutos de duración, magnífica, cerrada en sí misma como una ola, nunca mejor dicho; una gigantografía de una óptima calidad signicante y un preciosismo estético inusitado, y un conjunto de 20 fotos de pequeño formato que están integradas por secuencias de fotogramas de dicha obra video-gráfica; de una sólida relación intrínseca de belleza abrazadora y relato develador de lo que se vive en un sacrificio. En esta ocasión, la asimilación diametral, paralela de la vida acuática con la vida de una mujer, representa una puesta en escena de cierto carácter mitológico, donde la artista representa la vida misma, aquello que del Mar viene y hacia el Mar va. Tal como si la obra en sí misma se manifestara como un sarayeye , un ritual animista de ofrenda de limpieza espiritual, en la que el cuerpo del humano entra en comunión con los elementos de la vida natural, para reorganizar sus energías motoras. Como si el trance de la artista por hacerse acuática, la llevase a la más remota esencia de su pasado, llevándola hacia la luz; gracias a la ritualidad de sus gestos liberadores. Una pieza donde por primera vez, hallo junto a la artista cierta referencialidad a una producción igual de simbólica y poética, la de la alemana-brasileña Janaína Schapell , una artista que curiosamente Marina no conocía. Casuales coincidencias del espíritu.

Así Melusina, se manifiesta como una obra donde Marina se despoja de todo mal, para renacer cual Ave Fénix de sus propias cenizas; esta vez, unas cenizas húmedas y humedecidas, como el nacimiento de un niño, o húmedas y brillantes como los estados más telúricos de la carne y el cuerpo. Húmedos como la sangre y/o el sudor de cada día que marcan el camino.

Un camino andado con demasiada madurez, siendo una creadora de tan temprana juventud, a tal punto que podemos arraigarnos en decir, que le depara un futuro porvenir de éxitos muy certeros, si continúa por esta dimensionalidad de lo cotidiano, sin el patetismo de la anécdota, sin la frialdad del documentalismo, y sin la parafernalia de la vocación de suicida del buen gusto pseudo-burgués de lo políticamente correcto, y el exceso de sentidos del adorno. En otras palabras, pensamientos que ella -Marina, por supuesto- tiene sobre su propio cuerpo [McFerrin in my memory].

Omar-Pascual Castillo
Granada, España
Primavera-Verano de 2006.
 
 
'Thinking about your body (prótesis)' de Marina Rodríguez Vargas.
Comisario: Omar-Pascual Castillo.
 
Del 28 de mayo al 26 de junio
Inauguración: 28 de mayo a las 20:30 horas.
 
LA NAVE SPACIAL. SEVILLA
Plaza del Pelícano, 4. Local 1
41003 - SEVILLA
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