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Juan Muñoz: la doble vida de un rebelde del arte PDF Imprimir E-Mail
Escrito por extraido www.larazon.es /Manuel Calderón   
domingo, 19 de abril de 2009
Two Seated on the Wall, 2000
Juan Muñoz

  La muerte se presentó sin llamar a la puerta, en el momento más creativo de su carrera, como reconocen los que le conocieron bien. Estaba en la primera línea del arte internacional, su reconocimiento era unánime, era reclamado por todos los museos del mundo, su instalación «Double Bind» («Doble vínculo») en la Sala de Turbinas de la Tate Modern de Londres había dejado a todo el mundo obnubilado y había sido capaz de crear un lenguaje personal, indescrifrable para muchos y, quizá por ese misterio, fascinante para el gran público que han visitando sus exposiciones recientes, en la Tate Modern, en el Guggenheim de Bilbao y ahora en el Centro de Arte Reina Sofía.

Abrió, además, la escultura moderna a horizontes todavía no explorados. ¿Una escultura hecha de sonido? ¿Pero respiran las obras de arte? «El silencio es un rasgo imprescindible de la escultura de Muñoz», afirma Lynne Cooke, comisaria de la muestra y subdirectora del Reina Sofía (también ella montó, en 1996, la instalación «A Place Called Abroad» en la Dia Art Foundation de Nueva York, un trabajo que fue determinante para su proyección). Músicos, escritores, poetas, arquitectos, actores... querían trabajar con él y recibir algo de su energía, de una personalidad arrebatadora y algo pendenciera intelectualmente hablando. Escriben sobre él, pero no pueden evitar compartir un mundo literario que va de Eliot a Conrad, pasando por extrañas historias de ventrílocuos.  Se ha contado alguna vez, según reveló a Paul Schimmel (conservador del MOCA de Los Angeles), que durante mucho tiempo llevaba una navaja en el bolsillo que sólo cambió por una baraja de cartas. 
«Creo que su obra interesa a tanta gente porque sencillamente  es poderosa, porque, aunque tenga un gran componente intelectual, está muy cerca de lo cotidiano y un humor que pega directamente en el estómago», explica Cristina Iglesias, también escultora, con quien convivía desde 1982.

Una persona que estuvo en la prehistoria del Juan Muñoz fue Carmen Giménez, organizadora de pioneras exposiciones de arte contemporáneo en España y conservadora del Guggenheim de Nueva York. «Me lo presentó Richard Serra en Nueva York, en 1982; me dijo que debía conocerlo, que era un tipo muy interesante», recuerda ahora. Eran los primeros años ochenta y «en Nueva York se había producido la vuelta a la pintura, con Schnabel, David Salle..., pero que no me interesaban. Yo prefería el “povera”, a Merz, el minimal, a Bruce Nauman, que era amigo mío..., así que Juan y yo empezamos a pensar un proyecto que fue luego la exposición “Confrontación”, una relación entre arquitectura y escultura».

Sin embargo, lo que le extrañaba a Giménez es que Muñoz no le enseñase su obra. «Él estaba conmigo para aprender a montar una exposición, pero yo le decía: “¡Juan, tú eres un artista!”».

Descarrilamiento final

Fue entonces cuando presentó en «La imagen del animal», en septiembre de 1983, una exposición organizada por él, una de sus obras, y también de Cristina Iglesias. Luego realizó su primera exposición individual con Fernando Vijande, «que quedó fascinado por Juan, aunque a mí no me entusiasmó, pero sí la segunda». Tras la muerte de Vijande, trabaja con Marga Paz, en cuya galería presenta dos exposiciones. «Era 1986 y estaba en los primeros años de su carrera, pero él ya tenía la misma energía y empuje y ya se estaba abriendo paso una generación que trabaja con una mentalidad internacional», dice Marga Paz. «Su drama –añade– es que muere joven, pero fue un pionero. Su obra contiene la semilla de lo que luego sucedería en escultura, pero él, además, dibujaba, escribía, hacía radio ... y el arte ha ido por ahí». 

Juan Muñoz, Descarrilamiento en la Galería Pepe Cobo, Sevilla.
Juan Muñoz

Para entonces ya estaba trabajando con dos galeristas extranjeras, la neoyorquina Marian Goodman, con quien continuó hasta su muerte, y la alemana Konrad Fisher, de Düsseldorf, que fue quién lo lanzó («fue muy importante para él», dice Cristina Iglesias). Pero otro galerista español empezó a trabajar con Muñoz al final de su vida. «Le encargué la pieza “Descarrilamiento” para mi galería de Sevilla, pero no pudo inaugurar porque Juan murió antes», explica Pepe Cobo. La obra se presentó en febrero de 2002 y ha podido verse en el Guggenheim de Bilbao y se exhibirá ahora en el Reina Sofía. «Creo que Juan ha aportado mucho a la nueva dimensión de la escultura, que ya no es un monumento, y es clave, quizá junto a gente como Thomas Schutte, y es obvio que él necesitaba trabajar fuera de España», explica Cobo.

Sobre su relación con el arte de su país, Carmen Giménez es clara. «Él mantenía una relación extraña con España, lo mismo que me pasa a mí, porque aquí te dan palos. Él se lo debe todo a sí mismo, él se hizo solito».

Marga Paz cree que la recepción de su obra en España fue menor que en el extranjero, donde le seguían «artistas, críticos y la gente sensible a lo nuevo». Aquí, sin embargo «había poca gente en el mundo del arte y ni se le entendía. Nunca fue entendido ni valorado en su justa medida». Giménez recuerda lo que se decía de sus primeras exposiciones: «Era chatarra para snobs». «A él le dolía, como me dolía a mí, porque estamos trabajando para afuera desde aquí», añade Giménez, que dice que Muñoz fue «un catalizador» en aquellos años.

José Guirao, ex director del Reina Sofía y que montó la exposición del Palacio Velázquez de 1996 (como director de La Casa Encendida preparó en 2005 «Juan Muñoz. La voz sola. Esculturas. Dibujos y obras para la radio»), «Juan estaba en la corriente anglosajona y a él mismo se le consideraba alguien del arte internacional, de ahí que mirase con distancia el arte español». Del proyecto para el Palacio Velázquez recuerda sobre todo cómo transformó el espacio (las piezas, un grupo de hombres hablando, había que verlas desde la calle o desde el tejado): «Era rápido, ejecutivo, cuando tenía una idea la llevaba a cabo. Era gratificante trabajar con él porque era chispeante, un verdadero vitalista».

Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, cree que el interés que despierta Muñoz se basa en que mezcla tradiciones: «La abstracción y la figuración; lo conceptual y lo gestual; su obra es fría, pero a la vez es teatral, literaria, poética». «Él mismo –añade– era un narrador que, además de con la escritura, se expresaba con con otros medios».

www.larazon.es

19 Abril 09 - Manuel Calderón - Madrid

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