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LA OBRA EN NEGRO. José Miguel Pereñiguez PDF Imprimir E-Mail
Escrito por José Miguel Pereñiguez   
martes, 02 de enero de 2007

Hubo un momento crítico en que me di cuenta de que podría sustituir la representación de un objeto por el nombre que lo designa, y el cuadro seguiría conteniendo lo mismo.

No sé si me explico.

El ánima. Carbón y lápiz conté sobre cartón. 100x70cm
:: + info ::
ST. Carbón y lápiz conté sobre cartón. 75x52,5cm
:: + info ::

Llevaba un cierto tiempo pintando obras que resultaban como un enigma falso con demasiadas pistas. Por pura pereza, cuando sumaba un elemento a esa trama de relaciones entre cosas, tomaba, casi como única referencia autorizada, mis propias ideas sobre cómo habría de ser ese elemento. Estas ideas de las que me servía eran tan estáticas, se identificaban tan claramente con lo que podía recordar de los distintos objetos, que consideré la posibilidad de resumir las próximas obras en textos descriptivos, o contarlas de viva voz, en lugar de seguir con la penosa manía de pintarlas.

Casi al mismo tiempo, empecé a sospechar lo que todo el mundo sabe: que se pueden mostrar las consecuencias de un hecho, o se pueden representar las cosas dispuestas como si algo fuese a suceder, pero en una imagen parada, incluso el gesto más violento corre el riesgo de ser confundido con la fijeza de una pose.

Me volví entonces hacia esos dos aspectos de la representación que se me escapaban. Traté de imaginar los objetos y las situaciones o escenas que a partir de ellos pueden crearse, no  como el producto estático de mi imaginación, sino como situaciones cambiantes, dinámicas, que ni empezaban, ni tenían por qué terminar en el momento que lograba apresar en el cuadro. Este momento, sin embargo no debía parecer nunca un instante, sino un estado de duración indefinida, un accidente eterno.

Todo ello se desprendía de algo semejante a una certeza: el hecho de que desde el contorno preciso de un objeto, hasta el rasgo más leve de un carácter, han sido formados tal vez a partir de otra cosa, y que en ese proceso de cambio hay siempre impreso un trauma; precisamente, la necesidad de dejar de ser esa otra cosa para llegar a ser lo que se es. Así pues, tal vez fuera posible hacer aparecer en la imagen una ligera o notoria desviación del aspecto habitual de una vela, de una mesa, del aire mismo, que nos mostrase de dónde proceden  o hacia donde se encaminan, de qué están compuestos, cómo se han originado y como se extinguirán. Y cuando hablo del aspecto, no me refiero sólo a la consistencia física o material de lo representado, sino también a su uso o a su significado cultural o moral, sometidos sin duda al mismo trasiego a lo largo de la historia, en todos los lugares.

Como puede verse, es todo un programa.

Aunque andaba dándole vueltas a este asunto en relación, sobre todo, con objetos inanimados, no era difícil encontrar un correlato en hechos y en comportamientos puramente humanos, incluso en la historia personal de cada uno.  Lo padecemos casi a diario: cambiamos, nos transfiguramos, mudamos la piel o, si el papel que nos toca en suerte no nos agrada, delegamos en la máscara, en la extensión figurada de lo que somos o no somos. Esa vacilación del ser, en perpetua inquietud, está de todas formas abocada a un dejar de ser definitivo. Pero incluso en ese trance es posible imaginar nuestras postrimerías como un proceso que nos sobrevive. Si a cada momento dejamos escapar flujos, humores, exhalaciones, que nos nutren pero no nos pertenecen, entonces nuestro transito por el mundo podría contarse igualmente como una procesión que ni se inició ni acabará en nosotros.

Hablar acerca de todo esto podría muy bien ser un tópico, o quizás algo tabú, no lo tengo claro. Sí pienso que hay una propensión –que a veces linda con el vértigo- a construir ficciones que tratan de ello. La fiesta, el mito, la farsa o la tragedia, nos muestran como es posible forzar los límites de lo que uno es, siempre y cuando no traspasemos el terreno acotado por la representación. No obstante, se me ocurren al menos dos posibilidades de transgredir esas reglas de etiqueta. Una es incorporar la representación a la propia vida, lo cuál resulta, en cierta forma, redundante. Otra, traslucir el truco, mostrar su revés, confesar como el Wilhelm Meister de Goethe: “... todos estos misterios me inquietaban tanto que deseaba cada vez más ser a la vez el encantado y el encantador; deseaba esconder mis manos bajo el telón participando de la representación de la obra y al mismo tiempo disfrutar de la ilusión”.

Les dejo un momento para pensar de qué lado están estos dibujos.

Volvamos mientras tanto al principio para observar el drama que tiene lugar sobre el plano dibujado. Para ello, siguiendo las reglas del ejercicio mental que antes se ha propuesto, podríamos imaginar la procedencia de los instrumentos  que se emplean en esta labor. Así, en la barra del carboncillo se puede todavía adivinar la forma aproximada de la rama que fue, no hace mucho. El cartón gris reciclado, por su parte, tiene un origen más impuro. Incrustados en su superficie encontramos aún trozos minúsculos que no se han dejado ahogar en la pasta de papel y muestran un color discordante y un brillo plástico o suavemente metalizado. Pese a su aspecto engañosamente uniforme, cada partícula que compone la plancha ha hecho un recorrido propio e irrecuperable, lleno de accidentes y prodigios. Cuando el trabajo comienza, el roce del carbón desprende una ligera pelusa que consigue sacar un molde de la habitación, posándose en cada rincón, en cada saliente, en cada hueco. Posteriormente la grasa del lápiz conté la retendrá en el instante en que una imagen parece flotar ya sobre el cartón, gastándolo excesivamente en algunas zonas y forzando en cualquier caso a la mirada a ver a través de él como si no existiera. Pero la inmovilidad definitiva de la imagen es un logro momentáneo: un roce tan leve como el que animó esos cuerpos y esas sombras bastaría para borrar su rastro y devolver al soporte su condición de objeto sin ánima.

No estoy seguro de si esto es un milagro o simple rutina.

En alguna parte llegué a apuntar: “consideremos también la forma de representar: contra un telón reverberante o como en un teatro de sombras –planos, siluetas oscuras, líneas oscuras, deshaciéndose, derritiéndose... cambiando de estado o de forma. El contraste o la propia composición les proporcionan la continuidad que su naturaleza (fragmentada, transitoria, en formación) desmiente”. No sé si es lo que pretendía hacer entonces. Desde luego, no estoy seguro de que sea una descripción acertada de los dibujos. Creo que finalmente han decidido salir de esa cómoda pantalla que los hubiera cobijado como sombras y mostrarse más corpóreos, más nítidos, más claros. Más claros y también más oscuros, más reacios desde luego a dejarse conducir por ese programa que les había trazado. Un artificio totalmente ajeno y, al mismo tiempo, la horma del pensamiento más intimo, los dibujos -“la obra en negro”- quisieran ser de la región media entre lo inmutable y lo que siempre cambia.

J. M. Pereñíguez.
Sevilla, Enero de 2007

Texto perteneciente al Catálogo de la exposición "LA OBRA EN NEGRO" de José Miguel Pereñíguez. Galeria Birimbao. Sevilla.

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