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D E M O N L O V E R . Matías Sanchez PDF Imprimir E-Mail
Escrito por extraido de Galería JM. Málaga   
viernes, 08 de junio de 2007

"El nacimiento del arte, en efecto,
señaló la consumación
física del ser humano".

GEORGES BATAILLE

Algunas de la piezas expuestas
Matías Sanchez
Visitar los retretes públicos en estaciones de autobús y de tren, en aeropuertos, cines y centros comerciales se había convertido para C. en una necesidad más que un hábito, un juego transformado en pasión, desde que descubrió los hechos y desechos de un artista anónimo (firmaba sólo MS) que los decoraba con imágenes evacuadas más que pintadas o dibujadas. Imágenes que parecían salir de los orificios más íntimos de una anatomía que C., dadas sus preferencias y deseos, imaginaba masculina. C. se complacía en el regalo o donación involuntaria que el pintor inmoralista le dedicaba en cada WC que visitaba, sobre todo en los consagrados a la fisiología viril, donde se adentraba con desparpajo sabiéndose justificada. No sabía por qué, pero cada vez que salía de uno de esos servicios, desafiando con insolencia la mirada reprobatoria de unos y la insinuación cómplice de otros, C., como espectadora que persigue las obras que la excitan hasta donde haga falta sin miedo ni vergüenza, se sentía mucho más transgresora y valiente que el artista que aprovechaba su estancia pasajera en esos lugares públicos para dar pruebas de su existencia mientras la inexistencia se abre paso a través de sus conductos más íntimos. Durante días, primero, y luego semanas y meses, C. acechaba en cada cubículo inmundo en el que la necesidad la obligaba a penetrar como en un santuario sacro, una gruta paleográfica donde la mano incontenible del artista había impreso signos de su paso humillante por el mismo ritual, la presencia de esa iconografía caricaturesca, esas figuras obscenas y deformes que constituían una suerte de genealogía grotesca de la especie humana realizada en la época de mayor visibilidad de nuestra inmadurez e inhumanidad.

Al principio, con la minifalda alzada sobre los muslos y las bragas anudadas a los tobillos, contemplando la obra recién descubierta en la pared o en la puerta, trataba de emular los trazos apresuradamente, mientras oía fuera con nerviosismo el ir y venir de otros usuarios del opresivo lugar. Después empezó a fotografiarlas con el móvil, teniendo siempre la sensación de que el artista MS debía imaginarla así, rendirleesa última forma de homenaje, ocupando con las imperiosas necesidades de su cuerpo esbelto un cubículo para hombres, acomodada sin ningún complejo ni temor en la taza del váter, con el diminuto teléfono prendido de una mano y quizá también un trozo de papel enarbolado en la otra. Todas esas imágenes, de un modo u otro, como si fueran el espejo despedazado del cuento, le devolvían una imagen de sí misma que C. se había pasado muchos años negando. Una imagen que coincidía con sus fantasías más febriles o sus deseos más urgentes.

Alguna vez, cuando al entrar en el servicio de caballeros, no sin experimentar la ironía eufemística de la anticuada denominación, se encontraba con un usuario atolondrado y solitario, más o menos joven de lo esperado, mirándose en el espejo para ajustarse los pantalones y la camisa, peinarse o lavarse las manos, C. lo invitaba de un modo directo a acompañarla al cubículo. Para su sorpresa, no siempre, a pesar de su atractivo y juventud innegables, lo conseguía. En las ocasiones en que sí conquistaba a esas piezas de una masculinidad sorprendida en flagrante intimidad, con los pantalones bajados, descubriendo su vulnerable identidad, C. podía gozar del placer supremo de apropiarse de esa palpitante desnudez mientras descubría una nueva obra de su artista favorito, una conjunción impensable que la hacía descargar de un modo nuevo, como si el orgasmo se tornara permanente y también doloroso a causa de esa prolongación indeseada. Otras veces era el simple descubrimiento de otra obra el que desataba la memoria de esos instantes furtivos en que el instinto se volvía estético sin perder nada de su salvajismo y sensualidad. La mano deslizándose vientre abajo, la mordedura del labio inferior, los ojos abiertos, la electrocución del goce… Durante esos excitantes meses, C. se consideró la mujer más satisfecha del mundo.

Cuando después de estériles exploraciones en los escenarios habituales descubre que el artista MS ha desaparecido, consumido por alguna de sus más diabólicas creaciones, o cambiado de ciudad con el fin de satisfacer a otros espectadores, sin importar el sexo, C. cae en una aguda depresión, un desánimo del que hasta entonces, por temperamento, se creía incapaz. La idea de seguir viviendo, en el sentido que ella da a esta palabra, le parece insoportable sin la posibilidad de encontrarse de nuevo con esas imágenes desfiguradas que le devuelven un reflejo de sus visiones e intuiciones más secretas. Para no renunciar a su búsqueda del admirado artista, C. se anuncia en Internet con la intención al menos de encontrar a alguien que, desde otra ciudad o país, corresponda a su obsesión. No recibe ninguna respuesta. Finalmente, C. se decide a crear, usando como documentación sus propias versiones o perversiones del original y las fotografías del móvil, almacenadas ahora en la memoria de su ordenador portátil, un catálogo parcial y limitado de las obras que había encontrado en su búsqueda frenética a lo largo de ese tan intenso período de su vida.

He aquí una muestra representativa de las entradas de ese inventario virtualmente interminable. POR SUS OBRAS LO CONOCERÉIS.

Texto extraido de la Galería JM. Málaga

De la exposición: TONTA LA OVEJA QUE SE CONFIESA AL LOBO. MATÍAS SÁNCHEZ

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